viernes, 24 de junio de 2011

Marta

Esa chica, que no es dechado de cultura,
me contaba lo mal que le va a su familia,
pero como gozando del violento relato,
o como pretendiendo sorprender con sus giros
cotidianos y turbios -hechos vueltos palabras-,
y salidas traviesas, cada tanto, y refranes.

Yo escuchaba, le daba la razón, asentía
a brutales preguntas -¿cuál es mi sí, mi no?-
que cada tanto hacía, que no esperaban réplica,
y si me condolía por tal o cual quilombo
reforzaba con otro más oscuro, más crudo,
a la vez que el contarlos los relativizaba.

Tal era su descanso, su respiro: contar
lo fatal de su vida, desgranar las semanas
de gritos y de golpes, sin guita y sin comida,
durante una visita de facturas y mate,
como buscando aliento en ese hablar sin pausas
que apenas pretendía, no sé, poder hablar.

4 comentarios:

  1. Jopé qué fuerte... La de veces que me siento así... Como si quisiera criticar al que viene a vomitarme su vida sobre la mesa, pero al final me doy cuenta de que necesitan hablar más que yo... Buenísimo el giro del final, me encantó. Un abrazo desde este país sin verano.

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  2. Qué tal, querido Jorge. Buenísimo que te haya gustado. En mi caso, la charla de esta chica me sobrepasaba, pero se dio eso: me quedé pensando en que ella parecía, eso, "descansar" al contarme todas esas turbias historias. Poner en palabras algo lo relativiza: a veces, no siempre. Abrazo desde una siesta con mates.

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  3. Me había olvidado lo lindo que escribis. Hay que invitarte a lecturas. un abrazo.

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  4. ¡Hagaelé, hagaelé, Mariela! ;-)

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